Suelos reciclados: perfecta integración y energía
Los suelos reciclados que producen energía podrían revolucionar el diseño y la construcción de obras públicas y privadas.
De hecho, cada vez más empresas en el mundo, partiendo de la idea de combinar el reciclaje y la producción de energía verde, se centran en la idea de producir y ofrecer al mercado superficies transitables no sólo a partir de material reciclado, sino también capaces de contribuir al aumento de la producción de energía a partir de fuentes renovables.
Estos nuevos suelos reciclados, por lo tanto, permiten aumentar exponencialmente las superficies disponibles para la producción de electricidad, integrándose perfectamente en los entornos existentes o en los nuevos edificios.
Sin embargo, los suelos hechos de material reciclado no sólo pueden integrarse perfectamente desde el punto de vista arquitectónico, reduciendo el impacto estético, sino que también pueden convertirse en un verdadero elemento decorativo.
Cómo se hacen los suelos reciclados que producen energía
Los suelos reciclados diseñados para generar electricidad suelen estar hechos con bloques de baldosas ancladas entre sí y construidos mediante el reciclaje de otros materiales, como las botellas de PET (400 botellas por baldosa). La estructura de cada baldosa individual integra las células fotovoltaicas que están cubiertas con vidrio templado antideslizante que permiten caminar sobre ellas sin ningún problema. También existen algunos que soportan el peso de un coche en tránsito.
Para áreas pequeñas, podemos utilizar baldosas de 10 a 30 metros cuadrados y son adecuadas para entradas, terrazas, balcones y patios. Algunas versiones cubrirían el consumo anual de energía de una familia media de sólo 20 metros cuadrados.
También se puede jugar con los colores porque estos suelos reciclados están hechos en diferentes tonos, como el rojo, el azul y el verde. Imaginad las aceras de colores en las ciudades que suelen ser de un gris monótono.
Los suelos reciclados, por supuesto, pueden utilizarse para alimentar los vehículos eléctricos, cada vez más extendidos, pero también para alimentar bancos tecnológicos de los que extraer energía para teléfonos inteligentes y otros dispositivos o incluso para alimentar las farolas de las calles para la iluminación nocturna.